Todo comenzó con una confusión de ingredientes y un plan muy distinto. Mi intención original era preparar esas calabacitas con elote y jitomate que tanto le gustan a Migue, pero el destino culinario tenía otros planes. Resulta que la pieza que tenía en la cocina no era el zucchini al que estamos acostumbrados, sino una auténtica calabaza de Huejutla. Aunque en muchos lugares la conocen como calabaza de Castilla (nombre que se le quedó desde la época de la conquista porque era de las favoritas para enviar a la corona española). Para mí siempre será de Huejutla, que es de donde me la traen y de donde viene su verdadera esencia.
Como bien saben, no soy una entusiasta de las sopas; un caldo simple no me dice nada. Para que una sopa me convenza debe tener cuerpo, sustancia e ingredientes que realmente valgan la pena. Además, tengo un problema personal con la calabacita zucchini cuando se sobrecocina: esa textura "desmayada" me parece de lo más triste en un plato. Sin embargo, ahí estaba yo, lidiando con un dolor de ciática que me tenía desanimada, mirando la olla donde la calabaza ya esperaba cocida junto con los elotes. Fue en ese momento de malestar cuando el antojo de algo caliente y espeso me cambió el chip.
Decidí improvisar sobre la marcha. Aproveché que la calabaza ya estaba suave y la molí junto con los granos de elote. Aunque en un principio pensé en preparar un roux para darle estructura, al probar la mezcla me di cuenta de que la consistencia ya era perfecta y el sabor destacaba por sí solo. Así que simplemente dejé que un buen trozo de mantequilla se derritiera en la olla antes de verter lo molido. El aroma que desprendió ese encuentro entre la grasa láctea y el dulzor de la calabaza de Huejutla fue el primer paso para empezar a sentirme mejor.
Para sazonar, mantuve las cosas sencillas pero con mucho fondo de sabor. Utilicé un poco del caldo de pollo que me había quedado de la cocción para las enfrijoladas, lo que le dio una profundidad que un simple chorro de agua jamás alcanzaría. El toque final fue añadir leche batida, lo que terminó de darle esa cremosidad y ese "cuerpo" que exijo para que una sopa sea digna de mi mesa. No buscaba algo ligero, buscaba algo que me abrazara el estómago.
El primer bocado fue una revelación de bienestar. Me sentí profundamente reconfortada, como si el calor de la sopa fuera directo a calmarme los nervios y el cansancio acumulado por el dolor de la ciática. En ese instante llegué a pensar que la sopa sería lo único que comería en todo el día, pues me sentía satisfecha y en paz. No obstante, estaba tan rica que terminó abriéndome el apetito y, al final, me animé a seguir con el resto de la comida.
A veces, las mejores recetas no nacen de una planeación meticulosa, sino de la necesidad de encontrar consuelo en los ingredientes más nobles que tenemos a la mano. Esta sopa de calabaza de Huejutla no solo fue un error afortunado frente a un zucchini inexistente, sino el remedio exacto para una tarde donde el cuerpo pedía clemencia y el paladar, una buena razón para seguir disfrutando.
Crema de calabaza de Castilla
- 500 gr de calabaza de Castilla
- 250 gr de granos de elote
- 3 – 4 cucharadas de poro picado
- 50 gr mantequilla dividida
- 1 diente de ajo picado
- Caldo de pollo natural sazonado
- 1 taza de leche
- Sal y pimienta al gusto
- En una cacerola ponga una parte de la mantequilla y agregue el poro picado y lavado.
- Añada el ajo y cuando suelte su aroma incorpore la calabaza picada y los granos de elote, reserve un poco de granos para decorar al final, añada una media taza de caldo para que se cueza.
- Ponga en la licuadora la calabaza, los elotes y el poro, para que no se forcé la licuadora agregue caldo de pollo al gusto.
- Ponga en la cacerola el resto de la mantequilla y añada lo licuado, agregue la leche.
- Deje que hierva y sazone con sal y pimienta al gusto.
- Sirva adornada con los elotes reservados y si lo desea con algunos crutones.



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