¡Hola a todos! Hoy quiero invitarlos a descubrir la fascinante historia que se esconde detrás de un ingrediente que seguro tienen en su refrigerador: la calabacita italiana. Aunque su nombre nos haga mirar hacia el viejo continente, la realidad es que su historia comenzó aquí mismo, en las tierras mesoamericanas, hace unos diez mil años. Resulta que las semillas de nuestros ancestros viajaron a Europa y, a finales del siglo XIX, los agricultores del norte de Italia seleccionaron las plantas para obtener frutos más alargados, de piel muy tierna y que se pudieran comer jovencitos. Cuando esta variedad mejorada regresó a nuestras cocinas, la bautizamos como "italiana" para distinguirla de nuestras maravillosas calabazas criollas.
En el mundo de la botánica, estas delicias se dividen en dos grandes familias según su maduración: las de verano y las de invierno. La calabacita italiana que preparé hoy pertenece a las de verano, lo que significa que la cosechamos e ingerimos cuando aún está inmadura, aprovechando su piel suave y sus semillas tiernas. Por otro lado, las calabazas de invierno se dejan madurar bajo el sol hasta que desarrollan una corteza dura y rígida —como nuestra tradicional calabaza de Castilla—, diseñada por la naturaleza para resistir almacenada durante meses enteros.
Hay secretos extraordinarios escondidos en el huerto que vale la pena contar mientras cocinamos. ¿Sabían, por ejemplo, que la planta de la calabaza tiene flores con género? Así es: tiene flores masculinas y femeninas por separado en la misma planta. Las femeninas son las encargadas de cargar el fruto en su base, mientras que las masculinas solo proveen el polen; estas últimas son las que usualmente recolectamos con cuidado para rellenar nuestras quesadillas o preparar una rica sopa, permitiendo que la planta siga dando frutos sin detener su producción.
Pero la curiosidad de este vegetal no se queda solo en la tierra; ¡también ha conquistado el cosmos! En el año 2012, un astronauta llevó semillas de calabacín a la Estación Espacial Internacional y logró que una planta creciera y floreciera en gravedad cero. Lo más tierno de esta hazaña es que el astronauta escribía un diario espacial simulando la "voz" de la pequeña calabacita, relatando cómo se adaptaba a flotar en el espacio exterior. Quién diría que un ingrediente tan cotidiano en nuestras mesas llegaría a ser un auténtico viajero de las estrellas.
Termino este relato compartiéndoles una hermosa leyenda de los pueblos nativos de América del Norte: la historia de "Las Tres Hermanas". Cuenta la tradición que el maíz, el frijol y la calabaza son tres hermanas inseparables que solo prosperan si crecen juntas. El maíz se eleva fuerte hacia el cielo para que el frijol pueda trepar por su tallo; el frijol nutre la tierra desde la raíz; y la calabaza extiende sus enormes hojas sobre el suelo, creando una alfombra protectora que mantiene la humedad y evita que crezca la mala hierba. Es una bella lección de apoyo mutuo que me gusta recordar en mi cocina, recordándonos que los mejores platillos de la vida se construyen compartiendo y en armonía.
Chips de calabacita y parmesano
- 2 – 3 calabacitas italianas
- 150 gr queso parmesano rallado
- Pimienta negra recién molida
- Limpie y seque las calabacitas.
- Corte los dos extremos y con un cuchillo afilado o una mandolina, corte rodajas bien finas de la calabacita.
- Forre una charola con papel para horno y coloque las calabacitas.
- Ponga queso parmesano sobre cada rebanada y un poquito de pimienta negra.
- Ponga el horno a 180°C, coloque las calabacitas por alrededor de 10 – 12 minutos, cuidando que no se quemen.
- Una vez que se dore el queso parmesano, retire. Sirva tibias.


