sábado, 21 de febrero de 2026

Shakshuka: El Viaje de una Mezcla que Enamoró al Mundo

La Shakshuka es mucho más que un simple sartén de huevos; es un relato vivo de migración y adaptación cultural. Su nombre nace en el norte de África, específicamente del árabe tunecino, y significa literalmente "mezcla" o "sacudido". Originaria de la región del Magreb, que comprende países como Túnez, Libia y Marruecos, este platillo comenzó como una comida humilde y reconfortante. Fue creada por comunidades que buscaban transformar vegetales sencillos en un festín lleno de energía, demostrando que la creatividad en la cocina nace muchas veces de la necesidad y el ingenio doméstico.

Es fascinante descubrir que la versión original de este plato era muy distinta a la que conocemos hoy, ya que existía mucho antes de que el jitomate llegara a esas tierras. Antes del siglo XVI, cuando los ingredientes americanos aún no cruzaban el océano, la Shakshuka se preparaba principalmente con pimientos verdes, cebollas y especias locales. Fue gracias al intercambio con México y el resto de América que el jitomate se integró a la receta, dándole ese color rojo vibrante y esa acidez característica que hoy consideramos indispensable. Este encuentro de dos mundos es lo que realmente le dio alma al platillo que tanto disfrutamos.

El viaje de la Shakshuka no se detuvo en las costas africanas; a mediados del siglo XX, cruzó el Mediterráneo de la mano de inmigrantes judíos magrebíes que se establecieron en Israel. Fue en este nuevo hogar donde el platillo pasó de ser una receta casera de inmigrantes a convertirse en un ícono nacional. En Israel, la Shakshuka se transformó en el desayuno por excelencia de las cafeterías y los hogares, popularizando la tradición de servirla al centro de la mesa en sartenes humeantes para que todos pudieran compartir, sumergiendo trozos de pan en las yemas tiernas.

Lo que hace a la Shakshuka un plato tan especial para una cocinera es su filosofía de "cero desperdicio". Tradicionalmente se decía que era el plato que "limpiaba el refrigerador", pues permitía aprovechar cualquier vegetal que hubiera quedado de la semana. Sin embargo, esa sencillez no le quita elegancia; al contrario, su técnica de cocción —donde los huevos se escalfan lentamente dentro de la salsa aprovechando el vapor del sartén tapado— requiere paciencia y buen ojo. Es un método que respeta cada ingrediente y permite que los sabores se fusionen de manera armoniosa bajo un calor constante y suave.

Hoy, 14 de febrero, quise traer toda esa historia a mi mesa para celebrar el Día del Amor y la Amistad. En mi versión personal, utilicé poro en lugar de cebolla para darle una nota más dulce y lo cociné en mi sartén de hierro, permitiendo que el hierro mantuviera ese calorcito hogareño durante todo el desayuno. El toque final para Migue fueron unos corazones de queso panela que se fundieron ligeramente sobre el rojo de la salsa, convirtiendo esta "mezcla" tunecina en un detalle lleno de cariño. Cocinar este plato no fue solo alimentar el cuerpo, sino recordar que, como la Shakshuka, el amor también es una mezcla de historias que se sazonan con el tiempo.

Shakshuka de San Valentín

  • 1 poro rebanado
  • 1 diente de ajo picado
  • 8 jitomates picados
  • 3 pimientos morrones rojos picados
  • Aceite el necesario
  • Canela al gusto
  • Jengibre en polvo al gusto
  • Pimienta negra al gusto
  • Hojuelas de chile al gusto
  • Sal
  • 1 taza de caldo o agua
  • 4 – 6 huevos
  • Corazones de queso panela
  • Cilantro al gusto

  1. En un sartén de hierro ponga un poco de aceite, vierta el poro, cuando se vea transparente añada el ajo picado que suelte su olor, incorpore los pimientos morrones y unos minutos después el jitomate picado.  
  2. Si está muy seco añada una taza de caldo o de agua, sazone con canela, jengibre, pimienta negra, hojuelas de chile y sal. 
  3. Cuando haya tomado sazón, haga unos pequeños hoyos con una cuchara y rompa ahí los huevos.  
  4. Tape y deje que se cuezan las claras. 
  5. Cuando estén listos los huevos agregue los corazones de queso panela para que se ablanden un poco.  
  6. Sirva adornado con hojas de cilantro

   

sábado, 14 de febrero de 2026

Brochetas del Pequeño Chef Miguelito

La cocina siempre ha sido el corazón de mi hogar, un espacio no solo para nutrirnos, sino para aprender y crecer. Recuerdo con mucho cariño cuando mis hijos eran pequeños y establecimos una regla familiar: una vez a la semana, cada uno era responsable de preparar el desayuno o la cena para todos. De esa disciplina nació su amor por los sabores y esa curiosidad por inventar platillos que conservan hasta hoy. Es un orgullo ver cómo esa tradición ahora cruza una nueva frontera de la mano de la siguiente generación.

Hoy, la historia se repite con mi hijo Miguel y su esposa Lau. Me llena de satisfacción ver cómo ellos están fomentando en Miguelito ese mismo hábito, enseñándole que entre sartenes y frutas también se forja la autonomía y el compartir. En esta ocasión, me invitaron a ser parte de la experiencia y me tocó el papel más divertido: junto con sus papás, fui observadora y la "catadora oficial" de este experimento culinario que hoy les comparto con tanta alegría.

Estas coloridas brochetas de tostada francesa y fruta son la segunda creación oficial de mi nieto Miguelito. Aunque el resultado visual es alegre y vibrante, detrás de cámaras hubo mucha emoción. Al estar empezando, Miguelito se sentía algo abrumado; todavía está aprendiendo a lidiar con los tiempos de la cocina, ese "malabarismo" de que nada se enfríe mientras lo demás se dora, lo cual puede poner nervioso a cualquier chef principiante.

Fue fascinante acompañar a Miguel y Lau en la labor de guiarlo. A pesar de los nervios, Miguelito logró un equilibrio de sabores delicioso: la frescura de la fresa y la manzana contrastando con la suavidad del pan. Verlo tan concentrado, intentando que cada pieza quedara perfecta en la brocheta, nos recordó a todos por qué es tan importante dejar a los niños experimentar: la cocina es, ante todo, una lección de paciencia, apoyo familiar y mucho amor.

Al final, el desayuno fue un éxito rotundo. Estaban riquísimas y, más allá del sabor, lo que más disfruté fue ver ese brillo de satisfacción en sus ojos al terminar su labor y recibir el visto bueno de sus papás y su abuela. Con el tiempo, Miguelito dominará los tiempos y el fuego, pero por ahora, estas brochetas son el testimonio de que el gusto por guisar es un lazo que nos une a través de las generaciones. ¡Bravo por el pequeño chef y sus grandes maestros!



Brochetas de pan francés y fruta

  •  8 panes de caja
  • 4 huevos
  • 4 cucharadas de leche
  • 1 cucharadita de vainilla
  • Pizca de sal
  • Miel o azúcar al gusto
  • Mantequilla la necesaria
  • 3 – 4 plátanos
  • 8 fresas
  • 3 – 4 manzanas
  • 8 brochetas de madera

  1. Revuelva los huevos con la leche, pizca de sal, la vainilla y la miel o el azúcar al gusto.  
  2. Remoje los panes en esta mezcla y fría en un sartén con mantequilla.  
  3. Deje que dore de un lado y después voltee y dore del otro.  Así con todos los panes.  
  4. Corte cada tostada francesa en cuatro cuadros. Reserve.
  5. Prepare la fruta.  Pele y rebane los plátanos, rebanadas gruesas para que no se caigan. 
  6. Lave y corte las manzanas en cuartos, cada cuarto en 2 o tres pedazos. 
  7. Lave y desinfecte las fresas, quite el pedúnculo.
  8. Arme las brochetas, poniendo en primer lugar un trozo de manzana para que no se caigan los ingredientes al acomodarlos en la brocheta. 
  9. Después un cuadro de tostada francesa doblado a la mitad, una rebanada de plátano y así hasta completar cuatro cuadros de tostada francesa, al terminar acomode una fresa. 
  10. Sirva las brochetas. Acompañe con miel o azúcar glas. 


jueves, 12 de febrero de 2026

Chicken Pot Pie Soup: Tradición y Bienestar en el Viaje de Emelina

Cuando el termómetro baja y el viento frío comienza a colarse por las ventanas, el cuerpo nos pide a gritos algo más que simple alimento; nos pide consuelo. Hay platos que tienen la capacidad mágica de detener el tiempo y envolvernos en un abrazo cálido, y para mí, no hay nada que logre esto mejor que una sopa cremosa de pollo con biscuits. Esta receta no es solo una comida, es un refugio en un tazón que transforma una tarde gris en un momento de paz absoluta.

La historia de este platillo es un viaje fascinante que comenzó en las cocinas de la Grecia y Roma antiguas, donde los "pasteles de carne" eran la forma estándar de conservar y servir guisos. Siglos después, esta idea cruzó fronteras hasta llegar a Inglaterra, donde los meat pies se volvieron fundamentales en la dieta diaria. Sin embargo, fue en el "Nuevo Mundo" donde la receta se transformó: al llegar a América, la necesidad de estirar los ingredientes y el ingenio de las cocineras convirtieron ese pastel horneado en una versión más caldosa y reconfortante, dando origen a la versión de sopa que tanto disfrutamos hoy.

En mi cocina, esta sopa ha evolucionado para adaptarse a nuestra vida moderna sin perder su esencia. Mientras que antiguamente se requería pasar horas frente al fogón, hoy podemos capturar esos mismos sabores profundos de la zanahoria, el apio y el tomillo en mucho menos tiempo. He aprendido que el secreto de un buen Pot Pie no está en la complicación, sino en la calidad del caldo y en ese equilibrio perfecto entre la cremosidad de la base y la textura crujiente de un buen acompañamiento.

Hablando de acompañamientos, el alma de esta receta reside en sus biscuits. Tradicionalmente hechos con manteca y harinas pesadas, en El Viaje Culinario de Emelina hemos decidido darles un giro más consciente. Al utilizar harinas alternativas como la de almendras, no solo cuidamos nuestro bienestar y mantenemos estables nuestros niveles de energía, sino que descubrimos matices de sabor nuevos que complementan maravillosamente el dulzor natural de los vegetales. Es la prueba de que se puede comer delicioso y sentirse bien al mismo tiempo.

Hoy les comparto esta receta con la esperanza de que se convierta en un nuevo clásico en sus mesas. Ya sea que la preparen para consentirse tras un largo día de trabajo o para compartir con los nietos en una cena de domingo, recuerden que cocinar es, ante todo, un acto de amor. Así que, saquen su olla favorita, dejen que el aroma del pollo y las hierbas inunde su hogar y prepárense para disfrutar de un viaje de sabor que reconforta el cuerpo y alegra el alma.

Chicken Pot Pie Soup

  • 2 pechugas de pollo cocidas
  • 4 zanahorias en cubitos
  • 1 taza de apio picado
  • 1 taza de chícharos
  • 1 poro rebanado
  • 2 papas en cubitos
  • 1 taza de granos de elote
  • 1 pimiento rojo en cubitos
  • 1 litro de caldo de pollo
  • 1 taza de leche evaporada
  • Tomillo al gusto
  • Aceite el necesario
  • 2 dientes de ajo picados finos
  • Sal y pimienta al gusto

Para los bísquets

  • 2 tazas de harina de almendras
  • 2 cucharaditas polvo para hornear
  • ½ taza queso cheddar rallado
  • 1 cucharadita de sal
  • 2 huevos
  • Aceite el necesario

  1. En una olla grande ponga un poco de aceite y fría el apio, el poro y las zanahorias. 
  2. Cuando este sofrito añada el ajo y revuelva.  
  3. Añada los chícharos, los granos de elote y las papas.  
  4. Añada el caldo de pollo, sazone con sal y pimienta. 
  5. Mientras desmenuce o corte en cuadritos el pollo, y agregue al caldo.
  6. Prepare los bisquets.  
  7. En un tazón ponga la harina de almendra, el polvo para hornear, la sal, el queso rallado y los huevos, revuelva y agregue el aceite que se necesite para formar la masa. 
  8. Forme bolas y aplaste para que queden discos redondos. 
  9. Coloque en un papel para hornear y hornee por 15 minutos a 180°C.
  10. Incorpore la leche evaporada y los pimientos rojos picados. 
  11. Rectifique la sazón. 
  12. Añada el tomillo.  
  13. Sirva en platos hondos acompañados de los bisquets.


viernes, 6 de febrero de 2026

Sopa Rostizada de Jitomate y Algo Más (Para días de frío)

Pasar por casualidad a la casa de mi hermano Roberto resultó ser una de las sorpresas culinarias más gratas de los últimos tiempos. Lo que comenzó como una visita familiar terminó convirtiéndose en una lección de sabor, cuando él y su familia pusieron sobre la mesa un tazón humeante de sopa de jitomate y pimiento rostizado. En lugar de los acompañamientos más elaborados, ellos la sirvieron de forma sencilla con rebanadas de pan crujiente, demostrando que cuando la base está bien hecha, no hace falta mucho más para alcanzar la perfección.

Todo el mundo en casa sabe que yo y las sopas no nos llevamos nada bien; siempre bromean diciendo que me parezco a Mafalda, la protagonista de la epónima viñeta cómica argentina, por mi rechazo casi instintivo a este plato. Sin embargo, esta versión en particular logró romper todas mis defensas desde la primera cucharada. El sabor ahumado de los vegetales rostizados y la profundidad del pimiento crearon una experiencia totalmente distinta a las sopas aguadas y aburridas que suelo evitar, logrando que por primera vez disfrutara genuinamente de un plato de cuchara.

A raíz de este encuentro, he decidido que mi relación con las sopas ha cambiado para siempre, aunque con mis propias condiciones. Estoy convencida de que a partir de ahora me atreveré a preparar versiones así de sustanciosas y con carácter, dejando atrás las recetas insípidas. Eso sí, tengo claro que será un placer reservado exclusivamente para los días en que el frío se haga sentir, pues es en ese clima donde un caldo con tanta personalidad se disfruta de verdad.

Para mi propia versión en casa, decidí hacer un pequeño ajuste para adaptarla mejor a mis preferencias actuales. Aunque la receta tradicional suele ser bastante densa, yo preferí omitir el queso crema y la crema para lograr una textura un poco más ligera y natural. Quería que el protagonismo absoluto se lo llevaran los vegetales y el toque de la albahaca seca, manteniendo la esencia de lo que probé con Roberto pero con una ligereza que la hace más fácil de comer sin perder ni un ápice de su fuerza.

Al final, el resultado fue un éxito rotundo que me dejó muy satisfecha. Estaba realmente rica y confirmó mi teoría de que la clave está en el proceso de rostizado, que transforma ingredientes simples en algo extraordinario. Me da gusto saber que, aunque siga compartiendo el espíritu de Mafalda en muchas cosas, he encontrado una excepción deliciosa que seguramente se convertirá en mi receta estrella para los próximos inviernos.


Sopa de jitomates rostizados

  • 1 k jitomates maduros
  • 2 pimientos morrones rojos
  • 1 cebolla
  • 4 dientes de ajo con piel
  • Albahaca seca
  • 1 litro caldo de pollo o verduras
  • Aceite de oliva el necesario
  • Sal y pimienta negra
  • 2 – 3 cucharadas reducción de vinagre balsámico

Sándwich abierto de queso:

  • 6 – 8 rebanadas de pan de masa madre
  • Mantequilla la necesaria
  • 50 gr queso parmesano rallado
  • 400 gr queso gouda o cheddar rallado
  • Albahaca seca la necesaria

 

  1. Parta los jitomates a la mitad, corte los pimientos morrones en trozos grandes y quite las semillas, rebane la cebolla en rodajas grandes y deje la piel al ajo. 
  2. Coloque todo en una charola de horno y rocíe con sal, pimienta, albahaca seca y aceite de oliva, masajee todo con las manos para que el aceite cubra las verduras. 
  3. Hornee a 180° por 45 minutos aproximadamente para que se rosticen bien. 
  4. Estarán listos cuando la piel del pimiento y del jitomate se dore, así como la cebolla.
  5. Mientras se rostizan las verduras, prepare el pan untando mantequilla en una de sus caras, después se le esparce un poco de queso parmesano y una pizca de albahaca seca.  
  6. Ponga en una charolita y hornee a 180°C por unos 5 minutos o hasta que estén ligeramente dorados.  
  7. Retire del horno. 
  8. Ponga el queso gouda o cheddar rallado encima y regrese al horno para que se derrita.
  9. Muela las verduras, con todo y el jugo que soltaron en la charola, en la licuadora ayudándose del caldo de pollo. 
  10. Añada la reducción de vinagre balsámico, un poco de albahaca seca y rectifique la sazón. 
  11. Sirva acompañado de los panes con queso y un poco de arúgula

   


martes, 3 de febrero de 2026

Tarta flambeada alsaciana o Flammkuchen tradicional

El Flammkuchen, también conocido como tarte flambée en francés, es un plato tradicional de la región de Alsacia, en Francia, y de la vecina región de Baden-Wurtemberg, en Alemania. Su origen se remonta a la Edad Media, cuando se preparaba en los hornos de leña de las panaderías locales. Consiste en una masa muy fina de harina de trigo cubierta con una mezcla de crema fresca, cebolla y tocino ahumado, aunque también existen variantes con otros ingredientes, como champiñones o queso. Tradicionalmente, se cocina en un horno de leña y se sirve caliente.

El nombre Flammkuchen proviene del alemán "Flamme", que significa "llama", y "Kuchen", que significa "pastel" o "tarta". Esto se debe a que originalmente se cocinaba en un horno de leña a alta temperatura, lo que producía llamas que doraban la superficie del plato.

¡Qué genial! El Flammkuchen es un plato que suele dejar a todos con ganas de más. El aroma que desprende mientras se cocina es simplemente irresistible, ¿verdad? Es una combinación perfecta de sabores y texturas que hacen que sea difícil resistirse. Es fantástico que haya sido un éxito en casa. Si alguna vez quieres variar, puedes probar con diferentes ingredientes para adaptarlo a tus gustos personales o experimentar con nuevas combinaciones. ¡Seguro que seguirá siendo un éxito!

Dato curioso: En sus orígenes, el Flammkuchen se utilizaba para probar la temperatura de los hornos de leña antes de hornear el pan. Si la masa se cocía en pocos minutos sin quemarse, el horno estaba listo para empezar a hornear el pan. ¡Una deliciosa prueba de temperatura! 

Tarta flambeada alsaciana o Flammkuchen tradicional

  • 250 g harina
  • ¾ taza agua tibia
  • 1 ½ cucharadas levadura seca
  • 2 cebollas en rebanadas
  • 2 cucharadas aceite
  • 30 gr mantequilla
  • 1 taza crema fresca
  • 200 gr tocino ahumado picado
  • Sal y pimienta al gusto

  1.  En el tazón de la batidora ponga, agua, 1 cucharadita sal, harina, aceite y la levadura, mezcle hasta que se forme una masa compacta y sea elástica. 
  2. Deje reposar hasta que doble su tamaño.
  3. Mientras tanto, fría el tocino, cuando esté dorado retire del fuego y agregue la mantequilla y la cebolla, hasta que se dore. 
  4. Incorpore la crema fresca, tocino y sazone con sal y pimienta.
  5. Precaliente el horno a 190°C y prepare dos charolas con papel de horno.
  6. En la mesa esparza suficiente harina. 
  7. Divida la masa en dos estire cada una lo más delgado que se pueda y coloque en las charolas preparadas. 
  8. Cubra cada masa con la mezcla de crema y cebolla. 
  9. Hornee hasta que esté dorada la masa, unos 20 – 25 minutos.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Jitomates Confitados: La Magia de Cocinar sin Prisa

                                                                                                                                                                                                                                                                 
    Dulces, suaves y brillantes, un pequeño tesoro para cualquier cocina.

Los jitomates confitados son una pequeña joya de la cocina mediterránea, nacida de la tradición de conservar los frutos del verano para disfrutarlos todo el año. Su origen se relaciona con las técnicas antiguas de cocción lenta en aceite, donde las familias italianas y francesas buscaban preservar el sabor dulce y profundo del jitomate sin perder su color ni su textura. Con el tiempo, la receta cruzó fronteras y se convirtió en un acompañamiento universal, amado por su sencillez y su aroma irresistible.

Lo extraordinario del confitado es la magia del fuego bajo y la paciencia: no se fríe, no se hierve, simplemente se deja que el aceite, el ajo y las hierbas transformen al jitomate en una especie de mermelada salada, suave y brillante. Al terminar, cada cuarto o cada cherry parece concentrar la luz del sol. No es extraño que en muchas cocinas europeas se considere un alimento “con alma”, capaz de elevar cualquier platillo sin esfuerzo.

Además de deliciosos, los jitomates confitados son increíblemente versátiles. Se pueden servir sobre pan tostado, mezclarse con pasta, acompañar carnes, formar parte de ensaladas, coronar una pizza o simplemente disfrutarlos directamente del frasco, como suele pasar cuando salen tan ricos que cuesta esperar a usarlos en otra preparación. También son la base perfecta para un pesto rojo más suave, aromático y luminoso que el tradicional hecho con jitomates secos.

Un detalle fascinante es el aceite aromatizado que queda después del confitado. Ese aceite es casi tan valioso como los propios jitomates: concentra los jugos naturales, el perfume del ajo, la dulzura de las hierbas y un toque de acidez equilibrada. En muchas cocinas italianas se guarda como un tesoro y se usa para darle carácter a omelettes, sopas, arroces, aderezos y marinadas. Nada se desperdicia, porque todo se convierte en sabor.

En resumen, los jitomates confitados son una de esas preparaciones simples que revelan lo extraordinario que puede ser un ingrediente cotidiano cuando se trata con cariño. No requieren técnicas complicadas ni ingredientes caros, solo tiempo, calma y buenos jitomates. Son un recordatorio de que, al igual que en la cocina y en la vida, a veces las cosas más maravillosas nacen de los procesos lentos y cuidados. Y sobre todo, son una invitación a disfrutar: sobre pan, sobre pasta… o directamente a cucharadas.


Jitomates Confitados

  • 500 gr jitomates guaje
  • ½ taza aceite de oliva
  • 3 – 4 dientes de ajo enteros ligeramente aplastados
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de azúcar
  • Hierbas al gusto, orégano, tomillo, albahaca o laurel
  • Hojuelas de chile seco opcional

                

  • Coloque los jitomates cortados en cuartos en una sartén o cacerola amplia, en una sola capa.  Añada el aceite de oliva, los ajos, la sal, el azúcar y las hierbas que use.
  • Cocine a fuego muy bajito, al mínimo, de 35 a 45 minutos.  Los jitomates estarán listos cuando estén suaves, arrugaditos y brillantes, pero sin deshacerse.
  • Deje enfriar y guarde con todo y aceite en un frasco.

 

Nota: no debe freírse ni hervir fuerte, el secreto es lento y suave.

Se conserva una semana en el refrigerador.

El aceite se puede usar para pan o ensaladas.


jueves, 22 de enero de 2026

Pastel Milagro de Piña: Esponjosidad pura sin aceite ni mantequilla


Este pastel de piña es una verdadera joya de la repostería casera, destacando por una característica que desafía la lógica convencional del horneado: no contiene ni una gota de mantequilla ni de aceite. En un mundo donde estamos acostumbrados a que la esponjosidad dependa de las grasas añadidas, este postre logra una textura increíblemente húmeda y suave gracias a la magia química entre el bicarbonato y la acidez natural del jugo de piña. Es la prueba de que la sencillez puede ser extraordinariamente deliciosa.

Históricamente, este tipo de recetas ganaron popularidad en épocas de racionamiento o crisis, como durante la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial, cuando ingredientes como la mantequilla eran lujos escasos. Las amas de casa ingeniosas descubrieron que las frutas enlatadas no solo aportaban dulzor, sino que sus jugos servían como el agente emulsionante perfecto. Así nació este "pastel de despensa", que pasó de ser una solución de emergencia a un clásico reconfortante que ha sobrevivido generaciones.

Lo que hace a este pastel algo fuera de lo común es su capacidad de transformarse en el horno. Al no tener grasas pesadas, el sabor de la piña brilla con una intensidad pura y tropical. El resultado no es un pan seco, sino un bizcocho denso y jugoso que casi se deshace en la boca, con tropezones de fruta que caramelizan ligeramente en los bordes del molde, creando un contraste de texturas que sorprende a cualquiera que lo prueba por primera vez.

Es el acompañante ideal para una tarde de café o té, precisamente porque se siente ligero pero profundamente satisfactorio. Su aroma, que inunda la cocina con notas de vainilla y fruta dulce mientras se hornea, es una invitación irresistible al hogar. Es un postre honesto, sin pretensiones, que demuestra que con un par de latas de la alacena y unos cuantos básicos se puede crear una experiencia gourmet que deleita el paladar y reconforta el alma.

Pastel Milagro de Piña

  • 2 tazas de harina
  • 1 ½ tazas de azúcar
  • 1 cucharadita de bicarbonato
  • ½ cucharadita de sal
  • 2 huevos
  • 1 lata de piña con todo y el jugo
  • 1 cucharadita de vainilla

 

  1. Engrase y enharine un molde rectangular.  Precaliente el horno a 175°C.
  2. Mezcle harina, azúcar, bicarbonato y sal en un tazón grande y haga un hoyo en el centro, agregue los huevos, la vainilla y la piña picada con todo y su jugo.  
  3. Mezcle hasta que todo se integre.
  4. Vierta la mezcla en el molde preparado y hornee por 35 – 40 minutos o hasta que al insertar un palillo este salga limpio y el pan esté dorado.  
  5. Deje enfriar. 
  6. Puede servir así o espolvorear con azúcar glas.