El viaje de esta maravillosa hortaliza comenzó hace siglos en las tierras místicas de la antigua Persia, el actual Irán. En aquellos tiempos, su nombre original era aspanakh, que se traduce bellamente como "mano verde". Para el siglo VII, su fama cruzó fronteras cuando el rey de Nepal la envió como un obsequio exótico al mismísimo Emperador de China, donde la bautizaron con admiración como "la hierba persa". Sin embargo, el gran puente hacia nuestra cultura lo tendieron los árabes, quienes la introdujeron en España alrededor del siglo XI; la apreciaban tanto por sus propiedades que la apodaron poéticamente como "la Reina de las hortalizas" o "la jefa de las verduras".
Tras el encuentro de dos mundos en el siglo XVI, este tesoro verde cruzó el Atlántico y llegó a suelo mexicano, adaptándose con un éxito asombroso en las fértiles tierras de las chinampas de Xochimilco. Hoy en día, China se mantiene a la cabeza como el mayor productor y consumidor del planeta, disfrutándola apenas salteada al wok. No obstante, Europa no se queda atrás, siendo Alemania uno de los países que más la incluye en su dieta diaria, mientras que en México la hemos hecho profundamente nuestra, transformándola en un abrazo casero al integrarla en caldos, guisados con huevo y deliciosos platillos con queso.
A lo largo de su travesía por el mundo, la espinaca ha recibido títulos de nobleza culinaria gracias a personajes históricos fascinantes. El ejemplo más elegante es el de Catalina de Médici, una noble originaria de Florencia que se convirtió en Reina de Francia en el siglo XVI. Catalina adoraba tanto esta verdura que se mudó a la corte francesa acompañada de sus propios cocineros italianos, con la única condición de que se la sirvieran en cada comida. Fue tal su influencia que, desde entonces, cualquier platillo en la alta cocina internacional que se sirva sobre una cama de espinacas y salsa cremosa recibe el sofisticado nombre de "a la florentina", en honor a la ciudad natal de la reina.
Por supuesto, la cultura popular también construyó sus propios mitos alrededor de ella, siendo el más famoso el del carismático marino Popeye. Durante décadas crecimos con la idea de que abrir una lata de espinacas otorgaba una fuerza descomunal debido a su enorme contenido de hierro; sin embargo, detrás de esto se esconde una divertida anécdota de oficina. En 1870, un científico alemán cometió un error de dedo al transcribir los análisis nutricionales y movió un punto decimal, multiplicando por diez el valor real del hierro de la planta. Aunque la equivocación se descubrió a los pocos años, el mito ya era imparable y logró que el consumo de esta verdura se disparara por completo.
Verla hoy en mi sartén, con su verde profundo contrastando con la textura del queso fresco y el aroma del ajo, me hace pensar en cómo una hoja que deleitó a emperadores chinos, califas árabes y reinas francesas, termina su largo viaje aquí en nuestro hogar. Prepararla con ingredientes reales y con el toque artesanal de la mantequilla es mi manera de honrar una historia milenaria que, al final del día, se reduce a lo más importante: el placer de compartir un buen plato en la mesa.
Puré rústico artesanal de espinacas
- ½ k de espinacas
- 3 cucharadas de mantequilla
- 2 – 3 dientes de ajo picados
- ½ poro picado
- 200 gr queso fresco artesanal
- ½ taza de crema
- Sal y pimienta al gusto
- Lave y limpie las espinacas.
- En una sartén amplia, derrita la mantequilla y fría el ajo y el poro hasta que suelten su perfume sin que lleguen a dorarse demasiado.
- Agregue las espinacas picadas, aunque parecen muchas, pronto se reducen.
- Una vez que estén suaves, agregue el queso desmoronado y la crema, sazone con sal y pimienta al gusto.


















