La Shakshuka es mucho más que un simple sartén de huevos; es un relato vivo de migración y adaptación cultural. Su nombre nace en el norte de África, específicamente del árabe tunecino, y significa literalmente "mezcla" o "sacudido". Originaria de la región del Magreb, que comprende países como Túnez, Libia y Marruecos, este platillo comenzó como una comida humilde y reconfortante. Fue creada por comunidades que buscaban transformar vegetales sencillos en un festín lleno de energía, demostrando que la creatividad en la cocina nace muchas veces de la necesidad y el ingenio doméstico.
Es fascinante descubrir que la versión original de este plato era muy distinta a la que conocemos hoy, ya que existía mucho antes de que el jitomate llegara a esas tierras. Antes del siglo XVI, cuando los ingredientes americanos aún no cruzaban el océano, la Shakshuka se preparaba principalmente con pimientos verdes, cebollas y especias locales. Fue gracias al intercambio con México y el resto de América que el jitomate se integró a la receta, dándole ese color rojo vibrante y esa acidez característica que hoy consideramos indispensable. Este encuentro de dos mundos es lo que realmente le dio alma al platillo que tanto disfrutamos.
El viaje de la Shakshuka no se detuvo en las costas africanas; a mediados del siglo XX, cruzó el Mediterráneo de la mano de inmigrantes judíos magrebíes que se establecieron en Israel. Fue en este nuevo hogar donde el platillo pasó de ser una receta casera de inmigrantes a convertirse en un ícono nacional. En Israel, la Shakshuka se transformó en el desayuno por excelencia de las cafeterías y los hogares, popularizando la tradición de servirla al centro de la mesa en sartenes humeantes para que todos pudieran compartir, sumergiendo trozos de pan en las yemas tiernas.
Lo que hace a la Shakshuka un plato tan especial para una cocinera es su filosofía de "cero desperdicio". Tradicionalmente se decía que era el plato que "limpiaba el refrigerador", pues permitía aprovechar cualquier vegetal que hubiera quedado de la semana. Sin embargo, esa sencillez no le quita elegancia; al contrario, su técnica de cocción —donde los huevos se escalfan lentamente dentro de la salsa aprovechando el vapor del sartén tapado— requiere paciencia y buen ojo. Es un método que respeta cada ingrediente y permite que los sabores se fusionen de manera armoniosa bajo un calor constante y suave.
Hoy, 14 de febrero, quise traer toda esa historia a mi mesa para celebrar el Día del Amor y la Amistad. En mi versión personal, utilicé poro en lugar de cebolla para darle una nota más dulce y lo cociné en mi sartén de hierro, permitiendo que el hierro mantuviera ese calorcito hogareño durante todo el desayuno. El toque final para Migue fueron unos corazones de queso panela que se fundieron ligeramente sobre el rojo de la salsa, convirtiendo esta "mezcla" tunecina en un detalle lleno de cariño. Cocinar este plato no fue solo alimentar el cuerpo, sino recordar que, como la Shakshuka, el amor también es una mezcla de historias que se sazonan con el tiempo.
Shakshuka de San Valentín
- 1 poro rebanado
- 1 diente de ajo picado
- 8 jitomates picados
- 3 pimientos morrones rojos picados
- Aceite el necesario
- Canela al gusto
- Jengibre en polvo al gusto
- Pimienta negra al gusto
- Hojuelas de chile al gusto
- Sal
- 1 taza de caldo o agua
- 4 – 6 huevos
- Corazones de queso panela
- Cilantro al gusto
- En un sartén de hierro ponga un poco de aceite, vierta el poro, cuando se vea transparente añada el ajo picado que suelte su olor, incorpore los pimientos morrones y unos minutos después el jitomate picado.
- Si está muy seco añada una taza de caldo o de agua, sazone con canela, jengibre, pimienta negra, hojuelas de chile y sal.
- Cuando haya tomado sazón, haga unos pequeños hoyos con una cuchara y rompa ahí los huevos.
- Tape y deje que se cuezan las claras.
- Cuando estén listos los huevos agregue los corazones de queso panela para que se ablanden un poco.
- Sirva adornado con hojas de cilantro









