miércoles, 8 de abril de 2026

Espárragos envueltos en tocino con salsa holandesa

Un día fuimos al mercado de abasto y nos sorprendió ver un montón de espárragos frescos. Nos dijeron que estaban en temporada, y aunque no recordaba exactamente cuándo era su época, los vi tan verdes y firmes que no dudamos en llevarlos a casa. La temporada de espárragos suele darse en primavera, entre marzo y junio, aunque gracias a los invernaderos hoy se encuentran casi todo el año. Pero nada se compara con el sabor de los que llegan recién cortados.

En casa decidí prepararlos de una manera especial: los envolví con tiras de tocino y los horneé hasta que quedaron doraditos y jugosos. El contraste del espárrago fresco con el sabor ahumado y salado del tocino fue simplemente delicioso. Ya por sí solos podrían haberse servido así, pero yo quería darles un toque más festivo.

Me animé a preparar una salsa holandesa casera. Confieso que siempre intimida un poco porque es de esas salsas clásicas de la cocina francesa que pueden cortarse si no se tiene paciencia. Pero con calma, batiendo y agregando la mantequilla poco a poco, quedó bastante bien. Su cremosidad y el toque ácido del limón abrazaron los espárragos envueltos en tocino de una manera espectacular.

Para terminar, decidí espolvorear encima un puñado de nueces picadas. Ese detalle, sencillo pero elegante, le dio textura crujiente y un sabor diferente que redondeó el platillo. Al servirlo, parecía digno de un restaurante, pero con el cariño de algo hecho en casa.

Los espárragos tienen un origen muy antiguo: se sabe que ya se cultivaban en Egipto hace más de 3,000 años y que eran muy apreciados por los romanos, quienes incluso los llevaban en expediciones militares como alimento ligero y nutritivo. Hoy en día siguen siendo un manjar en muchas cocinas del mundo, y lo mejor es que se adaptan tanto a recetas sencillas como a preparaciones más elaboradas, como ésta que comparto.




Espárragos envueltos en tocino con salsa holandesa

  • 500 gr espárragos frescos
  • 250 gr tocino en rebanadas delgadas
  • 2 cucharadas de aceite de oliva
  • ½ tazas de nueces picadas

Salsa holandesa:

  • 3 yemas de huevo
  • 100 gr de mantequilla derretida
  • 1 cucharada de jugo de limón
  • Sal y pimienta

 

  1. Lave los espárragos, corte la parte dura del tallo, si son gruesos, pele ligeramente la base para que queden más suaves.
  2. Envuelva 2 – 3 espárragos juntos con una rebanada de tocino.  
  3. Coloque en una charola forrada con papel aluminio.  
  4. Barnice con un poco de aceite y hornee a 200°C durante 20 – 25 minutos, hasta que el tocino esté dorado y los espárragos tiernos pero firmes.
  5. Para hacer la salsa holandesa, coloque las yemas en un tazón resistente al calor y bata ligeramente.  
  6. Ponga el tazón a baño maría, sin que toque el agua, y comienza a agregar la mantequilla derretida poco a poco, batiendo constantemente hasta espesar.  
  7. Añada el jugo de limón, sal y pimienta y retire del calor.
  8. Para servir, ponga los espárragos con la salsa holandesa por encima y espolvoree con las nueces picadas.

lunes, 6 de abril de 2026

Brigadeiros y travesuras: Un viaje a Brasil de la mano de Memito y mamá Eme

Brasil en mi cocina y tres pequeños "catadores" de chocolate

Hay viajes que se hacen en avión y otros que se hacen alrededor de una olla de peltre. Mi cocina, que normalmente huele a café y canela, hoy se transformó en un pedacito de Río de Janeiro. ¿El motivo? Una tarea escolar de mi nieto Memito, quien eligió la comida brasileña porque le encanta el dulce.

Mientras revolvíamos la mezcla, les contaba a mis nietos la curiosa historia del brigadeiro. Nació en 1945, justo después de la Segunda Guerra Mundial. En Brasil, un militar muy distinguido llamado Eduardo Gomes, cuyo rango era "Brigadier", se postulaba para la presidencia.

Sus seguidoras, para recaudar fondos para su campaña, inventaron un dulce mezclando leche condensada y cacao. El dulce fue un éxito tan grande que la gente iba a las reuniones solo por el "dulce del Brigadier". Al final, el Brigadier no ganó las elecciones, pero el postre se quedó con el corazón de todo Brasil para siempre.

Cocinar con los nietos es una lección de paciencia y mucha alegría. Mientras yo vigilaba que la masa alcanzara su punto sedoso, mis nietos mayores, Emelinita y Miguelito, junto con el pequeño Memito, tenían la misión más importante: la decoración.

Sin embargo, noté algo sospechoso. Cada vez que yo daba la espalda para buscar una bandeja, el nivel del tazón con el granillo de chocolate bajaba misteriosamente. Al darme la vuelta, Emelinita y Miguelito disimulaban con una sonrisa, mientras que Memito, que aún está soltando sus primeras palabras y no habla muy bien, solo me señalaba a su primo con ojos pícaros.

Miguelito, siendo el cómplice mayor, no tardaba en decir: "¡Es que estamos probando si está rico, mamá Eme!", mientras se terminaban otro puñito de chocolate a escondidas.

Al final, entre manos pegajosas y caritas manchadas, logramos armar las bolitas. Ver a Memito intentar decir "brigadeiro" mientras sostenía su dulce con orgullo fue el mejor premio de la tarde.

Hacer esta tarea no fue solo cumplir con un deber escolar. Fue saborear la historia de Brasil y disfrutar de la alegría de mis tres tesoros. Para un adulto, el brigadeiro es un bocado gourmet; pero para Memito, Emelinita y Miguelito, fue una aventura de chocolate que recordaremos cada vez que veamos un granillo de chocolate "desaparecer" mágicamente del tazón.


Brigadeiros

  • 1 lata de leche condensada
  • 3 cucharadas de cacao sin azúcar
  • 20 gr mantequilla sin sal
  • Granillo de chocolate
  • Mantequilla extra para formar las bolitas

 

  1. En una olla pequeña combine la leche condensada, el cacao en polvo y la mantequilla. 
  2. Caliente a fuego bajo y mueva con una palita de madera o de silicona, para que no se pegue al fondo.
  3. Cocine unos 10 – 15 minutos. Sabrá que está listo cuando, al pasar la espátula por el medio, la mezcla se separe y tarde unos segundos en volver a unirse, se ve el fondo de la olla claramente.
  4. Vierta la mezcla en un plato ligeramente engrasado con mantequilla.  
  5. Deje enfriar a temperatura ambiente.
  6. Engrase sus manos con un poco de mantequilla.  
  7. Tome pequeñas porciones con una cucharita y forme bolitas con las manos.  
  8. Pase cada bolita por los fideos de chocolate hasta que estén bien cubiertas. 
  9. Para servir, coloque en capacillos pequeños.

jueves, 2 de abril de 2026

La Guacamaya perfecta: Un viaje de sabor hasta el corazón de León.

          

La guacamaya es el antojito callejero por excelencia de León, Guanajuato, una verdadera joya culinaria que define la identidad de la ciudad. Su historia más popular se remonta a mediados del siglo pasado en las calles leonesas, donde se dice que el nombre proviene de un cliente que, al pedir su torta de chicharrón con una dosis extra de salsa roja picosa, empezó a hacer sonidos y exclamaciones por el ardor. Los presentes bromeaban diciendo que “parecía guacamaya” por el escándalo que hacía y el color rojo de su cara, aunque otra versión más visual sugiere que el nombre se debe a los colores vibrantes del plato: el rojo intenso de la salsa, el verde del aguacate y el blanco del queso, que evocan el plumaje de la colorida ave.

Independientemente del origen exacto del nombre, lo cierto es que la guacamaya es una fiesta para el paladar y la vista que combina el bolillo crujiente con la textura quebradiza del chicharrón de cerdo. El frescor del pico de gallo, la cremosidad del aguacate y el toque salado del queso, todo bañado en una salsa de chile de árbol ardiente, crea una combinación irresistible que es motivo de orgullo regional. Es tal su importancia que cada 12 de diciembre, en el barrio de San Juan de Dios, se celebra oficialmente su día, donde se reparten miles de estas tortas para conmemorar su estatus como símbolo de la cultura y la gastronomía local.

A lo largo de los años, la creatividad de los puestos callejeros ha permitido que la receta original evolucione en deliciosas variantes para todos los gustos. La más famosa es la que incluye cueritos de cerdo en vinagre, aportando una textura elástica y un toque ácido que corta la grasa del chicharrón de forma magistral. Para los más valientes existe la versión "bautizada", donde el pan se sumerge en la salsa picosa antes de rellenarse, mientras que otros prefieren añadir huevo cocido o incluso el "despojo", que es el polvito de chicharrón que queda al fondo de las canastas, para intensificar el sabor a cerdo en cada bocado.

Para quienes sentimos una pasión profunda por la cocina, siempre existe un encanto especial en el reto de recrear estos antojitos callejeros dentro de nuestro propio hogar. No se trata solo de preparar algo que se le parezca, sino de capturar la esencia técnica de lo que hace especial a cada platillo: encontrar el bolillo con la corteza exacta, lograr que el chicharrón truene al morderlo y equilibrar el picante de la salsa para que sea auténtico. En casa, disfrutamos el proceso de emular estos sabores tradicionales, cuidando cada detalle para que la experiencia de comer una guacamaya casera sea tan genuina como si estuviéramos en una esquina de León.

Esta dedicación por la comida típica, tanto la de nuestra tierra como la de otros países, es lo que nos impulsa a seguir explorando el mundo a través de los ingredientes. Nos apasiona investigar la historia detrás de cada receta y las técnicas que han pasado de generación en generación para lograr resultados que sean lo más parecidos a los originales. Al final, cocinar es nuestra forma de conectar con la cultura y mantener vivas las tradiciones, compartiendo con la familia platos que, aunque se preparen en una cocina moderna, conservan el alma y el sabor de la cocina de antaño.



La Guacamaya perfecta

  • 6 bolillos
  • 250 gr chicharrón oreado
  • 1 taza de frijoles refritos
  • 100 gr queso fresco o Cotija
  • 2 tazas de pico de gallo
  • Salsa de chile de árbol para guacamayas
  • Cilantro picado al gusto
  • Cueritos, opcional
  • Limón rebanado

  1. Parta los bolillos, embarre los frijoles de los dos lados, agregue el chicharrón picado. 
  2. Cubra con el pico de gallo, espolvoree el queso fresco y el cilantro.
  3. Sirva unos pocos de cueritos si los usa. Bañe con la salsa de chile de árbol y jugo de limón, al gusto.

Salsa de chile de árbol para Guacamayas

  • 50 gr de chile de árbol seco
  • 2 jitomates maduros
  • 2 dientes de ajo
  • ¼ taza de vinagre blanco
  • Sal al gusto
  • Agua la necesaria

  1. Quite los rabos y limpie los chiles.  
  2. En una olla con agua suficiente ponga a cocer los chiles junto con los dientes de ajo y los jitomates.
  3. Licue los chiles, con el ajo y los jitomates, agregue el vinagre blanco, sal al gusto y el agua suficiente hasta que quede muy fluida.
  4. Pase la salsa por un colador para que quede tersa y sea fácil de “chorrear”.

jueves, 26 de marzo de 2026

Rollitos crujientes de carne, queso y tocino


En mi cocina, pocas recetas resultan tan festivas como estos rollitos crujientes de carne, queso y tocino. Son un antojito irresistible: carne molida bien sazonada, rellena con un corazón de queso derretido y envuelta en tocino dorado, barnizado con un toque de catsup que le da brillo y sabor. El resultado es un plato jugoso, crujiente y con ese aire hogareño que tanto disfruto compartir en familia.

Pero detrás de esta receta también hay una historia interesante: la de la carne molida. Antes de que existieran los molinos, la carne debía picarse a mano con cuchillos o hachas, un proceso lento y laborioso que se utilizaba en la Edad Media para preparar embutidos, pasteles de carne o rellenos. La carne picada era un lujo, porque requería tiempo y esfuerzo.

Todo cambió a finales del siglo XIX, cuando se inventó el molino de carne. Uno de los modelos más reconocidos fue patentado en Alemania en 1860 por Karl Drais, y poco a poco se extendió por Europa y América. Gracias a esta herramienta, la carne podía procesarse en casa o en carnicerías con mayor rapidez y uniformidad, lo que dio origen a recetas populares como las albóndigas, las hamburguesas y los embutidos caseros.

Desde entonces, la carne molida se volvió protagonista de muchísimas cocinas del mundo: desde los kibbeh árabes hasta la lasaña italiana, pasando por los picadillos latinoamericanos. Y hoy, en mi mesa, se convierte en la base de estos rollitos que, aunque modernos, siguen la misma tradición de aprovechar la carne en su forma más versátil.

Prepararlos es todo un ritual: extender la carne molida, colocar el queso al centro, enrollar con cuidado y envolver con tocino. Al hornearse, el queso se funde por dentro, la carne queda jugosa y el tocino crujiente. Y así, con cada bocado, no solo disfrutamos un platillo delicioso, sino también un pedacito de historia culinaria.

Estos rollitos crujientes de carne, queso y tocino nos recuerdan que la cocina siempre está en movimiento: lo que un día fue novedad con un molino de hierro, hoy es parte de nuestra vida cotidiana, transformado en recetas que llenan de alegría nuestras mesas.

Rollitos crujientes de carne, queso y tocino

  • 700 gr carne molida (res, cerdo o mezcla)
  • 1 huevo
  • ½ taza pan molido
  • ½ cucharadita de ajo en polvo
  • ½ cucharadita de cebolla en polvo
  • Sal y pimienta al gusto
  • 200 gr de queso manchego o cheddar en bastones
  • 200 gr de tiras de tocino
  • Salsa cátsup la necesaria

  1. Mezcle la carne molida con el huevo, pan molido, ajo en polvo, cebolla en polvo, sal y pimienta hasta integrar todo.  
  2. Tome una porción de carne y aplánela sobre un trozo de plástico de cocina y coloque un bastón de queso al centro.

 

3. Forme el rollito con ayuda del plástico de forma que envuelva el queso con la carne hasta sellarlo completamente.

 

4. Envuelva con tocino, acomode los rollitos en una charola con papel de hornear.

 

5. Barnice con una capa ligera de salsa cátsup.

 

6. Precaliente el horno a 190°C y hornee los rollitos durante 35 – 40 minutos, volteándolos a la mitad del tiempo para que se doren parejo.

7. Al sacarlos del horno, deje reposar 5 minutos y sirva.

martes, 17 de marzo de 2026

Calabacitas rellenas: el Tesoro Verde, de la Milpa al Mundo

La calabacita, esa compañera inseparable de nuestras mesas, es un regalo ancestral de las tierras mesoamericanas. Su historia se remonta a miles de años atrás, cuando los antiguos habitantes de México y Centroamérica comenzaron a domesticar las variedades silvestres. Junto con el maíz y el frijol, la calabacita formó parte de la "trinidad sagrada" de la milpa, un sistema agrícola perfecto donde estas tres plantas crecían en armonía, nutriéndose mutuamente y alimentando a civilizaciones enteras.

Tras la llegada de los españoles, este tesoro vegetal cruzó el océano y comenzó una travesía extraordinaria por todo el mundo. Curiosamente, la versión alargada y tierna que hoy conocemos como "zucchini" o calabacita italiana fue perfeccionada en Europa, específicamente en Italia, durante el siglo XIX. Es fascinante pensar cómo una semilla que partió de nuestras tierras regresó siglos después transformada en la hortaliza versátil y suave que hoy rellenamos con tanto cariño en nuestras cocinas.

Algo verdaderamente extraordinario de la calabacita es su capacidad de ser "completamente comestible". No solo aprovechamos su fruto; sus flores amarillas son un manjar delicado, sus guías aportan textura a los caldos y sus semillas, las pepitas, son la base de salsas emblemáticas como el pipián. Es una planta generosa que no desperdicia nada, recordándonos la importancia de aprovechar cada recurso que la naturaleza nos brinda con sabiduría y respeto.

Desde un punto de vista nutricional, la calabacita es casi un milagro de hidratación, ya que cerca del 95% de su composición es agua. Esto la convierte en el lienzo perfecto para sabores intensos: al tener un sabor neutro y una textura que absorbe lo que la rodea, se transforma mágicamente cuando la combinamos con la intensidad del tocino, el dulzor del poro o el toque salino del queso cotija. Es, en esencia, la mediadora perfecta de cualquier banquete familiar.

Hoy, al ver estas "lanchitas" doradas en mi plato, no solo veo una cena deliciosa y rápida. Veo siglos de historia que han viajado por el mundo para terminar aquí, gratinadas con mozzarella y rellenas de tradición. Cocinar calabacitas es, de alguna manera, mantener vivo ese hilo conductor que nos une con nuestros antepasados, adaptándolo siempre a nuestro estilo de vida actual con ingredientes frescos y un toque de imaginación.


Calabacitas rellenas de elote y rajas 

  • 8 – 10 calabacitas
  • 3 chiles poblanos asados y limpios
  • 2 tazas granos de elote
  • 1 poro pequeño
  • 100 gr tocino ahumado picado
  • 1 diente de ajo picado
  • 200 gr de pollo deshebrado
  • 100 gr queso Cotija fresco rallado
  • 150 gr queso mozzarella
  • Aceite o mantequilla el necesario
  • Sal y pimienta al gusto 

  1. Corte los chiles poblanos en rajas delgadas y reserve.  
  2. Rebane y pique en cubitos el poro, lave y deje escurrir.  
  3. En una cazuela ponga mantequilla o aceite y fría los poros, añada el ajo.  
  4. Pique el tocino y agregue a la cazuela.  
  5. Cuando el poro este transparente agregue las rajas de chile poblano, los granos de elote y el pollo cocido y deshebrado. 
  6. Rectifique la sazón con sal y pimienta al gusto.
  7. Mientras se sazone el relleno, corte las calabacitas longitudinalmente y retire las semillas, forme una pequeña lanchita.  
  8. Acomode el relleno en el hueco de la calabacita y cubra con el queso mozzarella.  
  9. Coloque en una charola y hornee a 180°C por 35 – 45 minutos o hasta que esté dorado el queso.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Mole de queso de Michoacán, Un Encuentro de Sabores, Historia y Tradición.

El mole de queso michoacano es una de las expresiones más conmovedoras del mestizaje culinario, un platillo que nació en el corazón de la Tierra Caliente y la Sierra de Cotija como un humilde acto de ingenio ante la escasez. En sus orígenes, este manjar surgió en las cocinas rurales donde la carne no siempre llegaba a la mesa, transformando la técnica prehispánica del "mulli" o salsa de chiles en un refugio para el producto estrella de la región: el queso. Lejos de ser una carencia, esta sustitución dio vida a una receta de rescate que aprovechaba hasta el último trozo de pan viejo para dar cuerpo a una salsa que hoy es considerada un tesoro nacional.

La magia de este plato reside en el uso del queso Cotija fresco, una joya artesanal que aporta una personalidad vibrante y salina imposible de encontrar en otros lácteos. Al sumergir los cubos de este queso en el mole espeso, se produce un fenómeno extraordinario de contraste de temperaturas y texturas, donde el calor intenso del adobo comienza a suavizar el exterior del queso sin llegar a fundirlo por completo. Este encuentro crea una explosión de sabores en el paladar, donde la nota salada y láctica del Cotija "choca" armoniosamente con el amargor elegante del cacao y el picor profundo de los chiles, logrando un equilibrio que los expertos llaman umami.

A diferencia de los moles dulces y complejos de otras regiones, el mole de queso michoacano se distingue por su honestidad y su estructura robusta, donde el bolillo remojado aporta una sedosidad única que acaricia la lengua. Es fascinante observar cómo este platillo, que durante décadas fue el sustento sencillo de las familias en los viernes de vigilia o en las cenas de pueblo, ha mantenido su esencia a pesar del paso del tiempo. Su historia es la de un sobreviviente que pasó de las cazuelas de barro en los fogones de leña a convertirse en el protagonista de las mesas más exigentes, demostrando que la verdadera elegancia no reside en la opulencia de los ingredientes, sino en la profundidad de sus raíces.

Hoy en día, este mole ha vivido una transformación asombrosa al ser adoptado por la gastronomía mexicana de autor, donde los chefs más renombrados lo presentan en sus menús de degustación como una pieza de alta cocina. En estos restaurantes exclusivos, el mole de queso se sirve con una estética minimalista, destacando el brillo de la manteca y la tersura de la salsa sobre platos de diseño, elevando aquel origen humilde a la categoría de arte comestible. Sin embargo, por más que se presente en manteles largos y bajo luces de diseño, el alma del plato sigue siendo la misma: una danza de chiles y especias que rinde homenaje a la tierra que lo vio nacer.

Ver este platillo en los mejores restaurantes del mundo es un recordatorio de que la cocina de rescate es, en realidad, la base de la gran cultura culinaria de México. Al prepararlo en casa con el queso que Migue trajo y siguiendo los pasos tradicionales, se honra esa transición que va desde la sencillez del campo hasta el reconocimiento internacional. El mole de queso michoacano nos enseña que un plato nacido de la necesidad puede alcanzar la gloria eterna cuando se cocina con respeto a la tradición, manteniendo vivo ese sabor de hogar que ninguna técnica moderna podrá jamás reemplazar.

Mole de queso de Michoacán

  • 500 gr de queso Cotija fresco
  • 6 chiles guajillo
  • 2 chiles ancho
  • 3 jitomates
  • ½ cebolla
  • 2 dientes de ajo
  • 1 bolillo viejo
  • 1 cucharada de cocoa amarga
  • Caldo de pollo
  • 1 clavo de olor
  • 1 pimienta gorda
  • 1 trozo pequeño de canela
  • 3 – 4 cucharadas de manteca de cerdo
  • Sal y pimienta al gusto

 

  1. Limpie y remoje los chiles guajillo y ancho en agua caliente. 
  2. Ase los jitomates, la cebolla, el ajo y las especias. 
  3. Fría el pan viejo en un poquito de manteca y remoje en un poco de caldo de pollo para que se ablanden completamente. 
  4. Licue bien.
  5. En una olla ponga la manteca y vierta colando el licuado, para que quede terso. 
  6. Deje que se fría bien.  
  7. Disuelva el cacao en caldo de pollo y agregue al mole. 
  8. Mueva constantemente para que no se pegue.  
  9. Deje de 30 a 35 minutos para que se espese.  
  10. Si lo necesita agregue más caldo.
  11. Pruebe el punto de sal, parta el queso en trozos grandes y ponga en el mole, solo por unos minutos.  
  12. También puede poner un espejo de mole y asar el queso, para colocarlo encima.









lunes, 9 de marzo de 2026

Curry de lomo. Un viaje de especias y recuerdos

El curry ha sido el hilo conductor de mi vida culinaria desde antes de casarme, convirtiéndose en un sello de mi hogar durante mis primeros años de matrimonio. Mi hermano Roberto era su fanático número uno; tanto le gustaba que, tras casarse, me pidió la receta incontables veces. Sospecho que, aunque se la di unas 12 o 15 veces a lo largo de los años, nunca se animó a prepararlo solo, prefiriendo quizás el pretexto de volver a pedírmela. Era tal la familiaridad con mi sazón que mi cuñado y Migue podían distinguir perfectamente si el plato venía de mis manos o de las de mi hermana.

Aunque mi especialidad de siempre ha sido el curry de camarones, hoy decidí darle un giro con ese lomo de puerco que teníamos en casa. El resultado fue tan sorprendente que mi hijo Miguel, a quien cariñosamente llamamos Mickey, declaró que era la mejor comida que he preparado en los últimos diez años. Escuchar eso de un hijo, después de tantas décadas cocinando para la familia, es el mejor ingrediente que cualquier receta podría tener.

Pero, ¿de dónde viene este aroma que llena mi cocina? La palabra "curry" es en realidad una interpretación occidental del término tamil kari, que significa salsa. Lo extraordinario es que no existe una sola "receta de curry" universal en la India; cada familia tiene su propia mezcla de especias, llamada masala, que muelen a mano según la ocasión. Es una alquimia fabulosa donde la cúrcuma, el comino y el cilantro se unen para crear algo que los antiguos textos consideraban medicinal y sagrado.

Lo que hace al curry algo fabuloso es su capacidad de adaptación: viajó de la India al Reino Unido y de ahí al mundo entero, evolucionando en cada puerto. En mi cocina, esa evolución se traduce en el uso de ingredientes que cuidan a los míos, como la inulina o el agave para equilibrar el picante, y el toque fresco del poro, adaptando una tradición milenaria a nuestro paladar mexicano. Es una especia que "pinta" no solo la comida de un amarillo vibrante, sino también nuestros recuerdos más queridos.

Hoy, al ver las fotos de este lomo con manzana, entiendo por qué mi hermano me pedía la receta una y otra vez. No buscaba solo una lista de ingredientes, sino capturar ese momento de calidez que solo se siente cuando compartimos la mesa en familia. Este curry de hoy no solo alimentó a Mickey y a Migue, sino que revivió décadas de anécdotas que ahora quedan plasmadas en mi blog.

Curry de lomo de cerdo

  • 1 k de lomo de cerdo cocido y en cubos
  • ½ poro rebanado y lavado
  • 2 – 3 cucharadas de mantequilla
  • 2 cucharadas de polvo de curry
  • 1 cucharada de ajo picado
  • 2 cucharadas de harina
  • ½ cucharadita de jengibre molido
  • ½ cucharadita de cebolla en polvo
  • ½ cucharadita de ajo en polvo
  • ¼ cucharadita de pimienta blanca
  • ½ limón su jugo
  • ½  litro de leche
  • ½ litro de caldo de cocción
  • Sal al gusto
  • Coco deshidratado para servir

  1. Ponga en una cacerola la mantequilla y el poro. 
  2. Deje que se fría y cuando esté cocido agregue el ajo y el curry. 
  3. Cuando el curry haya soltado su olor, alrededor de 3 a 4 minutos, incorpore el jengibre molido, la Cebolla en polvo, el ajo en polvo, la pimienta blanca y el harina, mueva para que no se hagan grumos, vaya añadiendo el caldo de pollo y la leche. 
  4. Deje que empiece a espesar, agregue el jugo de limón y sazone con sal al gusto.
  5. Cuando haya espesado incorpore los cubos de lomo y deje que se sazone todo alrededor de 5 minutos. 
  6. Sirva, acompañe con arroz blanco y decore con el coco deshidratado.