A veces los ingredientes que sentimos más nuestros tienen los pasaportes más sellados, y la flor de jamaica es el ejemplo perfecto de este fenómeno. Aunque su nombre nos haga pensar de inmediato en el Caribe, su verdadero origen se encuentra en las tierras cálidas de África tropical, en países como Egipto y Sudán, donde se domesticó hace miles de años. De allá saltó al mundo conquistando paladares y recibiendo nombres tan musicales como Bissap en Senegal, Karkadé en el mundo árabe, Saril en Panamá o Roselle en Asia. A nuestras tierras mexicanas no llegó por el Atlántico, sino por el Pacífico, a bordo de la mítica Nao de China durante el siglo XVI. Al entrar por el puerto de Acapulco, se adaptó con tal generosidad a nuestro suelo que pronto olvidamos su origen extranjero. Es fascinante descubrir que la jamaica pertenece a la familia de las malváceas, lo que la hace pariente cercana del cacao y del algodón; y aunque nosotros centramos nuestra atención en el cáliz —esa parte carnosa y roja que protege a la semilla—, en sus lugares de origen no se desperdicia nada, pues hasta sus hojas se consumen en guisos tradicionales.
Esta naturaleza robusta de la planta es la que le permite ser tan resistente y bondadosa en climas áridos, concentrando en su color intenso una cantidad impresionante de antioxidantes que no solo deleitan la vista, sino que cuidan nuestra salud. Además de estas bondades, la jamaica es una abanderada natural de la filosofía del aprovechamiento total en la cocina. Durante mucho tiempo se tuvo la idea errónea de que, una vez extraído su jugo para el agua, la flor perdía su utilidad y debía desecharse. Sin embargo, al rescatar esa fibra hidratada, estamos descubriendo un ingrediente con una textura asombrosa que absorbe los sabores de manera casi mágica. La flor nos enseña que en la cocina consciente el final de una receta suele ser el inicio de otra, recordándome la importancia de la paciencia y el respeto por los ciclos de lo que llevamos a la mesa.
En mi cocina siempre he creído que la jamaica es mucho más que una bebida refrescante; es un ingrediente con una nobleza y una acidez que pueden elevar cualquier platillo, ya sea dulce o salado. Recuerdo con mucho cariño aquellos tacos de jamaica con carne de puerco que les compartí hace tiempo, donde el secreto fue utilizar poro en lugar de cebolla para lograr un equilibrio elegante y sutil. Hoy, ese viaje creativo continúa con estas "Bombas de Jamaica", una preparación que nació precisamente de ese deseo de no desperdiciar nada. Al mezclar la flor con la cremosidad del queso doble crema, el toque natural del jarabe de agave, nueces, pasitas y un poco de harina de almendra para dar firmeza, logramos una golosina que es al mismo tiempo tradicional y moderna. Coronadas con Tajín para ese cierre picosito que tanto nos gusta, estas bolitas son el recordatorio de que en mi cocina, la historia y la innovación siempre se sientan a la misma mesa.
Bombas de jamaica y queso
- 2 tazas de jamaica
- 100 gr queso doble crema
- 1 taza de arándanos deshidratados
- 1 taza de nueces
- Jarabe de agave al gusto
- 4 cucharadas de tajín
- ½ taza harina de almendras o almendras
- ralladura de 1 limón
- Lave la jamaica y ponga a hervir.
- Cuando haya soltado su color y sabor, cuele en una jarra y utilice el agua para hacer agua de jamaica.
- Pique la jamaica y ponga en un tazón, agregue el queso doble crema desbaratado con las manos, pique los arándanos también las nueces y añada todo al tazón.
- Incorpore el jarabe, la ralladura de limón, el tajín y la harina de almendras.
- Revuelva todo perfectamente y pruebe. Rectifique el sabor. Forme bolitas del tamaño deseado y sirva como un snack.





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