La calabacita, esa compañera inseparable de nuestras mesas, es un regalo ancestral de las tierras mesoamericanas. Su historia se remonta a miles de años atrás, cuando los antiguos habitantes de México y Centroamérica comenzaron a domesticar las variedades silvestres. Junto con el maíz y el frijol, la calabacita formó parte de la "trinidad sagrada" de la milpa, un sistema agrícola perfecto donde estas tres plantas crecían en armonía, nutriéndose mutuamente y alimentando a civilizaciones enteras.
Tras la llegada de los españoles, este tesoro vegetal cruzó el océano y comenzó una travesía extraordinaria por todo el mundo. Curiosamente, la versión alargada y tierna que hoy conocemos como "zucchini" o calabacita italiana fue perfeccionada en Europa, específicamente en Italia, durante el siglo XIX. Es fascinante pensar cómo una semilla que partió de nuestras tierras regresó siglos después transformada en la hortaliza versátil y suave que hoy rellenamos con tanto cariño en nuestras cocinas.
Algo verdaderamente extraordinario de la calabacita es su capacidad de ser "completamente comestible". No solo aprovechamos su fruto; sus flores amarillas son un manjar delicado, sus guías aportan textura a los caldos y sus semillas, las pepitas, son la base de salsas emblemáticas como el pipián. Es una planta generosa que no desperdicia nada, recordándonos la importancia de aprovechar cada recurso que la naturaleza nos brinda con sabiduría y respeto.
Desde un punto de vista nutricional, la calabacita es casi un milagro de hidratación, ya que cerca del 95% de su composición es agua. Esto la convierte en el lienzo perfecto para sabores intensos: al tener un sabor neutro y una textura que absorbe lo que la rodea, se transforma mágicamente cuando la combinamos con la intensidad del tocino, el dulzor del poro o el toque salino del queso cotija. Es, en esencia, la mediadora perfecta de cualquier banquete familiar.
Hoy, al ver estas "lanchitas" doradas en mi plato, no solo veo una cena deliciosa y rápida. Veo siglos de historia que han viajado por el mundo para terminar aquí, gratinadas con mozzarella y rellenas de tradición. Cocinar calabacitas es, de alguna manera, mantener vivo ese hilo conductor que nos une con nuestros antepasados, adaptándolo siempre a nuestro estilo de vida actual con ingredientes frescos y un toque de imaginación.
Calabacitas rellenas de elote y rajas
- 8 – 10 calabacitas
- 3 chiles poblanos asados y limpios
- 2 tazas granos de elote
- 1 poro pequeño
- 100 gr tocino ahumado picado
- 1 diente de ajo picado
- 200 gr de pollo deshebrado
- 100 gr queso Cotija fresco rallado
- 150 gr queso mozzarella
- Aceite o mantequilla el necesario
- Sal y pimienta al gusto
- Corte los chiles poblanos en rajas delgadas y reserve.
- Rebane y pique en cubitos el poro, lave y deje escurrir.
- En una cazuela ponga mantequilla o aceite y fría los poros, añada el ajo.
- Pique el tocino y agregue a la cazuela.
- Cuando el poro este transparente agregue las rajas de chile poblano, los granos de elote y el pollo cocido y deshebrado.
- Rectifique la sazón con sal y pimienta al gusto.
- Mientras se sazone el relleno, corte las calabacitas longitudinalmente y retire las semillas, forme una pequeña lanchita.
- Acomode el relleno en el hueco de la calabacita y cubra con el queso mozzarella.
- Coloque en una charola y hornee a 180°C por 35 – 45 minutos o hasta que esté dorado el queso.




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